¿Y si por un momento sólo fuéramos tú y yo?
Que por un segundo ninguna mirada nos aturdiese el alma, que por un instante mi cielo dejase de nublarse y se llenasen de ilusiones mis pasos.
Soñar de un camino lleno de esperanzas, construidas entre tus brazos, soñarlas vivas. Sentir la resaca de tus besos al amanecer. Arrepentirme. Desbordarme. Inquietarme. Pensarte, más que nunca, para vivirte más que siempre.
Y me tropiezo.
Porque al final nos inunda lo prohibido, nos ata el tiempo, nos volcamos a lo que no será. Dejamos de ser tú y yo. Nos perdemos.
Era el quinto día desde que había comenzado mi persecución. Era una cuestión de vida o muerte.
Mi misión: Su muerte.
Aún me parecía cercano aquel día, donde sin mucho buscarlo, me había topado con aquel bigote. Había sido un café americano sin azúcar, me parece. Dio dos largos sorbos. Me miró. En su mirada pude sospechar todo. Quizá ya lo sabía.
El viento meciendo la planta que se asomaba por la ventana me recordó que el tiempo me estaba ya pisando los pasos. Aún no comprendía el por qué de mi temor, aún después de tantas muertes, siempre hay algunas que me pesan de más.
Tomé mi cámara de vídeo y me preparé para decir unas palabras, como siempre lo hago antes de llevarme entre las manos vidas ajenas. Conecté la cámara a mi ordenador y grabé el vídeo en un disco. Guardé el disco en mi gabardina.
Bajé las escaleras hasta llegar a la cocina, agarré el cuchillo más grande que encontré. Salí a la calle.
Mis zapatos hacían mucho ruido a cada paso, temí ser escuchada por alguien en la inmensidad de la ciudad. Debí haberme puesto algo más disimulado, pero era ya demasiado tarde.
Casi sin esperarlo mis manos ya cortaban el cuello de aquel hombre. Esperé hasta que muriera, y por alguna extraña razón no huí. Sabía que era una locura, sabía que debía salir de ahí, que entre más tiempo permaneciese junto al cadáver, más grande sería el riesgo.
Me levanté y di algunos pasos. Mis tacones hacían demasiado ruido ahora. Sentí que la ropa me pesaba y los músculos de la cara se me acalambraban. Me puse a llorar.
Miré la cabeza del hombre que acababa de matar. Por primera vez en mi vida tuve ganas de morir. Había algo en este hombre, algo que lo hacía diferente a los demás. Comencé a caminar por toda la habitación, a cada pisada el ruido de mis zapatos me destrozaba el tímpano. Grité muy fuerte y me eché al piso.
Habrán pasado diez minutos antes de comenzar a escuchar sirenas acercarse. No me moví. Permanecí en el suelo, recostada al lado del cadáver Lo miraba fijamente a los ojos. Estaba arrepentida. Saqué el disco de mi gabardina y lo puse sobre su pecho. Me recosté sobre el cadáver y esperé.
Escuché llegar a la policía. Alguien abrió a la fuerza la puerta. Disparé.
¿Alguna vez te ha dolido la cabeza de tanto pensar? Sí, me refiero a ese dolor punzante, ese que te ataca y acosa hasta que, súbitamente, olvidas aquello que pensabas.
Al pasar el dolor, tu mente lo ha olvidado todo. Aquello que tanto te agobiaba ahora no es más cercano que un sueño en una tarde acalorada.
Quizá sea una exageración, no lo sé. Quizá he ya pasado por suficiente de todo esto. A veces presiento que la vida se ha equivocado conmigo más de una vez. He intentado correr, he intentado volar, he huido, me he refugiado entre un ir y venir de pasiones, y aunque he querido, nunca he comprendido aquello que más entorpece mis pasos.
Siento que no hay camino por seguir, y aunque me gusta creerlo, también encuentro impensable la idea de un camino a construir. Y es que nadie se pone a pensar ¿De dónde sale tanta gente? ¿Por qué nací aquí y no allá? ¿Por qué yo?
Al parecer huyendo del destino es cuando más nos acercamos a él.
He dejado pasar tanto, tantas risas, tantos llantos, tantas lagrimas cargadas de amores y desamores. Aún no comprendo aquello que nos pide la vida, aquello que me pido yo cada mañana al despertar. Tal vez no he soñado demasiado. No he tenido una vida de novela, con un final perfecto, triste o feliz, siempre perfecto.
Es entonces que me viene el dolor de cabeza, cuando me arrepiento, cuando no entiendo, y busco en un intento forzoso comprender todo lo que me rodea. Es entonces que me detengo. Me detengo porque es difícil comprender que a la vida no se viene a tanto pensar. Quizá se trate más de actos, actos que aún si no se comprenden los dirige el alma misma, Aquellos actos que nos alejan y a la vez nos acercan de lo que más queremos.
Es por eso que no hace falta buscarse ni encontrarse, ni perderse entre palabras rebuscadas.Hace falta hallarse en un beso de amor, sentirse en un abrazo fraternal, respirar y sentarse cerquita del sol. Aquello que más nos falta es vivir.
Es difícil escribir un ensayo de la vida donde no se es el protagonista… tanto que no tengo una puta idea de cómo empezar.
Muchas veces nuestra vida toma el camino que no esperábamos, otras veces toma el camino que tanto anhelábamos y muchas otras un camino se enciende justo cuando estamos por tomar una senda diferente.
No importa que vereda habremos de escoger, pues cada una nos llevara hacia un mundo paralelo existente. La ruta seleccionada nos conducirá justamente hacia donde debemos ir mostrándonos los conocimientos necesarios para nuestras vidas.
Hay tantas cosas en nuestra vida que nos cambian tanto, tanto que ni siquiera notamos que nos cambian, son cosas tan pequeñitas, que rara vez nos detenemos a observar esas pequeñeces; pero cuando lo hacemos notamos que son cambios radicales en nuestras vidas.
Son estas emociones, ideas, percepciones, guiadas por los más profundos deseos del corazón, las que nos conducen por los senderos de la vida.
Justamente una de estas cosas insignificantes fue la que me ha traído hasta donde estoy hoy, sin entender que tanto han afectado en mi los mundos de mis paralelos. Y ahora sólo estoy aquí.
Pensar como ha cambiado tu vida en un año; lo primero que llega a tu mente es la mujer que te botó, las materias que reprobaste, los amigos que perdiste, la idea de que año con año se te van quitando las ganas de conocer a la gente, después te acuerdas de los buenos ratos, de las sonrisas, de las miradas tatuadas en las fibras mas profundas del alma, te acuerdas de que estuviste enamorado.
Y te preguntas ¿qué tanto aprendí de todo esto?, esperas una larga respuesta de sabios, como en un podium hablándole a un grupo de alcohólicos sobre como superaste tu problema de alcoholismo, y de pronto te detienes… te das cuenta de que estás repitiendo la misma oración pero con otras palabras, notas que no entiendes nada de lo que estás diciendo y te sientes confundido.
Volteas a ver la sarta de idiotas que te están oyendo decir tonterías y por un momento piensas que alguno de ellos te dirá algo, te tachara de ignorante, todos los demás te voltearan a ver con cara de desprecio y tú te quedarás allí solo, pero te equivocas por qué nadie se da cuenta de que estás repitiendo exactamente el mismo patrón de rendimiento ante el conocimiento.
Sólo entonces te quitas el papel de orador para pasar a ser el de aprendiz y te das cuenta de que lo que realmente aprendiste no fue poner más atención en clase, mucho menos desconfiar más de la gente; no, nada de eso, lo que realmente aprendiste es que las cosas no dejaran de ser cosas, que por más palabras que existan en el vocabulario jamás habrá alguna que pueda expresar correctamente tus emociones, aprendiste que el mejor conocimiento no se aprende cuando se quiere sino cuando se debe. Te diste cuenta de que el mejor maestro puede ser uno mismo y de que las peleas contra el destino siempre son batallas perdidas. Comprendiste que el aprendizaje se volvió imprescindible para ti. Intentaste observar, sentir, expresar, aprendiste que nunca dejaras de aprender. Te diste cuenta de que no podrás ser protagonista de una vida en la cual sólo eres un aprendiz.
Por eso un año te puede mover la vida, esta vida que no es una, es un conjunto de vidas bien mezcladas: la vida que queremos, la vida que tenemos y la vida que podemos.
Hospital Psiquiátrico Infantil San Bernabé.
Diciembre 13 Jueves 1987,
Tomaba la mano de Paula, nos estábamos cubriendo de la lluvia bajo aquel paraguas moteado que normalmente tenía la abuela en el pequeño desván que se encontraba dentro de las escaleras. Tenía fastidio, solo Dios sabe a dónde me llevaría esta vez Paula. La noche anterior había escuchado a mi madre pedirle que me llevara a hacer el mandado con ella, pero Paula tenía sorpresas, no perdía oportunidad de llevarme a comer unas nieves o sentarnos en el jardín del centro a cepillarme el cabello. Todo con ella era un misterio.
Giramos a la derecha en donde Don Juan, Paula entró a comprar un poco de carne. Salió y dimos unos pasos más. Paula se detuvo abruptamente, miró al cielo, volteó a verme fijamente. Comenzó a caminar rápidamente, y yo con ella, aferrada de su mano como alma que lleva el diablo. Habremos caminado unas seis o cinco cuadras cuando nos detuvimos frente a un viejo edificio cercano a la biblioteca municipal. Paula tocó la puerta, se acomodó las vestimentas y verificó que mi vestido de azul brillante estuviera intacto. Mientras hacía esto me decía que me estuviese calladita, que no hiciese preguntas y que no me separase de ella. Escuché unos tacones acercándose, el portón viejo rechinó. Me pareció extraño no ver a nadie abrir la puerta, pero no tuve tiempo de pensarlo, Paula me dio un jalón y comenzamos la caminata. A pesar de la inmensa oscuridad, Paula parecía conocer muy bien el camino. Nos detuvimos fuera de lo que parecía una vieja puerta. Me miró y tocó a la puerta seis veces. La clavija dio vuelta y entramos.
Una oscuridad aún más negra cubría nuestros cuerpos. A lo lejos se escuchaba el eterno tic tac de un reloj. He de admitir que para aquel momento mis piernas no paraban de temblar, mi mano sudorosa se resistía a separarse de Paula. Me pareció que el espacio entre nosotras se reducía, era como estar en un estrecho laberinto. Girábamos a la izquierda y a la derecha continuamente, no me atreví a estirar la mano, me imaginé unas paredes frías y duras envolviéndonos.
Nos detuvimos. Un fuerte resplandor llenó el lugar, me aferré a Paula lo más fuerte que pude. Era la luz.
Estaba tan equivocada. Estábamos dentro de la biblioteca. Al parecer los estantes estaban jugando al laberinto conmigo y con Paula. Sonreí al sentirme tranquila. Paula estaba loca, no cabe duda. Era tanto mi miedo aún, que temí preguntar cualquier cosa. Me limité a jugar ansiosamente con uno de mis botones hasta que lo perdí.
Sentí que la piel se me erizaba al recordar lo suave que era la piel de Paula, los años habían hecho que se hiciera más elástica y suave, no quise voltear a mirar, me resistí todo cuanto pude. El palpitar de mi corazón se confundía con los tic tac del reloj que se encontraba en la biblioteca. Esa no era la mano de Paula. Era imposible pensé, sabía que era ella. Y a la vez había estado tan distraída. No lo resistí, giré la cabeza. Mi corazón cabalgaba más rápido que cualquier caballo huyendo de la guerra.
Grité lo más fuerte que pude al descubrir que aquella mano que me había llevado a ciegas por toda la vieja biblioteca no era la de Paula. Era una joven de ropas sucias y rotas, quien al ver el miedo en mis ojos soltó una carcajada.
Corrí lo más rápido que pude. Corrí entre los pasillos estrechos, bajé unas escaleras, corrí tan rápido que no me percaté de que ya estaba en la calle.
Era de noche. Caminé rápidamente, sintiéndome protegida por la gente que se encontraba en la calle. Caminé hasta mi casa. Todos estaban alterados en mi hogar, al parecer habían estado buscándome. Me había separado de Paula mientras ella compraba carne.
Juré decir la verdad al contar esta historia que ahora escribo, pero nadie me creyó. Busqué calmarme un poco. Me dirigí a mi habitación. Encendí la luz. Solté un grito al ver a Paula dentro de ella. Estiró su mano que tenía un sobre blanco. Me dijo que lo leyese solo cuando estuviera sola.
Salió de mi habitación.
Muy temerosa abrí el sobre. Sentí que me helaba. Mi cabeza daba vueltas. Grité y pataleé hasta el cansancio. El botón, el botón de mi vestido estaba dentro de aquel sobre.
En mi vida pasada fui una prostituta, nunca conocí el amor, estoy seguro.
Nunca conocí el sabor dulce de un beso amado, ni los escalofríos en el cuerpo al hacer el amor. Nunca tomé la mano de alguien mientras yacía en el césped mirando el atardecer. Nunca sentí en el pecho el fuerte palpitar que causa un abrazo tierno. Nunca.
Lo que me caló hondo fue la soledad; una soledad que me despertaba a cada mañana con un beso profundo, una soledad que se enredaba a mi espina dorsal, me daba vueltas dentro. Una soledad que palpitaba en cada mirada. Una soledad que nunca pude dejar atrás. Era tan grande que me pesaba a cada beso, me recorría el cuerpo buscando mi sexo; una soledad que me tiró a la calle. Una soledad que me volvió prostituta.
Hasta que un día desperté, desperté siendo yo; desperté y estaba enamorado, enamorado de la misma soledad que me había perseguido hasta hoy. Que me seguía besando a cada amanecer, esa misma que ya tenía nido en mi ser.
Y es entonces que no me la quito de la cabeza, que me persigue a cada paso, sea grande o chico. Me acorrala, y me ataca. Me sorprende, en la cocina, en el baño, mientras duermo. Me la encuentro a cada beso, a cada abrazo.
He decidido no huir, no correr, he buscado reconciliarme, he intentado entenderla, mirarla de lejos y de cerca, buscarla más. No he querido dejarla, le temo. Un buen día podría creer que se ha ido, y sorprenderme al día siguiente, encontrarla en mi cama, sonriendo.
Por eso soledad, cuando me beses, que sea para no irte.
Las flores no paran de girar mientras caen rápidamente desde las copas de los árboles, parecen lágrimas, o bailarinas. No importa.
Quizá es por la lluvia que recién ha caído que el aire me sabe a humedad. La tierra mojada no encuentra un mejor sitio que la suela de mis zapatos, marca cada uno de mis pasos. A cada pisada la incertidumbre me pesa más, y cargo con un camino de soledades que no me canso de andar.
Podría sentarme en cualquier lugar, esperar el fin. Llorar hasta que como por arte de magia, en un eterno deshojar, cada una de mis emociones cayeran al suelo. Ojalá el suelo fuera el fin de todo.
Tal vez mi peor pecado ha sido creer. Mancharme los labios con palabras que no conocía y sentirme iluminado, querer nunca dejar de soñar. Tal vez ya he pecado de más.
He pecado por creer, por soñar, por esperar un mundo que, aunque cansado de correr, jamás recorreré completo. He pecado por intentar huir de un destino que no existe, que no gira, nunca cae, nunca se pega a mis pasos. Un destino que cae cada vez que comienzo a andar.
Comienza la música, las ropas acarician el suelo, un vaivén de labios y pasiones se entremezclan en el aire. Manos y apretones, sutilezas y picardías, un sabor a lo prohibido. Te ataco, me atizas, revientas, te detienes. Los sonidos de las trompetas nos erizan la piel, me muerdes, te grito, me inhibes, sonríes, se acaba el mundo.
Renazco entre el latir de los tambores, que sin percatarme, retumban en mi corazón, te veo; sonrío. Te levantas, me hablas, no te entiendo, te sacudes, refunfuñas, te volteas. Sucumbo, me agitas.
Los platillos lidian un duelo, estallan. Me niegas, lo ocultas, me olvido, se pierde, me entretejo en una cortina de mucho pensar y desear. Penas y aventuras, detrás de un telón que nos envuelve a los dos. Caemos.
Me recuerdas, te giras, me miras, te evaporas en el aire; te toco, eres sólido, pero te vas, no eres mío.
La lejana silueta de tu cuerpo desnudo se pierde entre las sombras de lo que nunca será. La ropas acarician la piel. Caminamos. Las mujeres regordetas se acomodan el vestido, tomas a una por la cintura, termina el baile.
El fonógrafo se detiene. Muere la música.

DEMASIADO TARDE…
El sol se esconde tras las lejanas montañas, el viento, que se impacta contra un auto que no deja de avanzar, y parece bailar con una melancolía que no se cansa de arder. Los parpados suben y bajan sin encontrar la calma, una gota de impotencia y dolor cae al olvido. Todo ha terminado.